COMO NINGÚN OTRO DE LOS
4.500 PRESIDIARIOS DE LA MODELO, FERCHO CRISTANCHO CONCENTRA TODAS SUS ENERGÍAS
Y LOS POCOS RECURSOS QUE TIENE A LA MANO PARA MANTENER UN ENTORNO HIGIÉNICO Y
PARA REFLEJAR UNA IMAGEN IMPOLUTA.
En la cárcel, la ilusión es un privilegio de unos pocos.
A pesar de su drama, el interno Fernando Jaime Cristancho se
siente un privilegiado. Con frecuencia le agradece a Dios, a quien ignoraba en
su vida anterior, porque ha podido arreglárselas para mantener ahora, en la
cárcel, los hábitos de consumo que tenía antes. Y porque, sin conocer razones
ni haber hecho nada para lograrlo, fue asignado al patio tres de La Modelo en
Bogotá donde no hay hacinamiento, violencia ni drogas. Por razones de
seguridad, allí van los sindicados de delitos no violentos: narcotraficantes,
sobre todo, y extranjeros que llegan en busca de El Dorado de las drogas.
Cristancho sabe muy bien que vive mejor que el 70 por ciento de los detenidos.
Tiene 320 compañeros en su patio, una tercera parte de los que se
pueden encontrar en los otros cuatro. Duerme en una celda compartida, de dos
camas: dos “planchas” según el léxico que se usa en la comunidad de internos,
palabra que describe mejor la fría superficie de cemento fijada a la pared
sobre la cual reposa una colchoneta digna, tendida con sábanas limpias y
cubierta con cobijas que reflejan un trabajo paciente para quitarle hasta la
más pequeña arruga. La apariencia es impecable.
Y más llamativo es el olor: huele a jardín natural en primavera.
Los aromas provienen de los abundantes ambientadores artificiales que en forma
obsesiva Fercho Cristancho rocía en el aire para liberar su pequeño ambiente
del tufo penetrante que invade al resto de la prisión. La manía se descubre
también por la exagerada cantidad de envases con jabones, líquidos y artefactos
de limpieza que colman, en enfermizo orden, los pocos estantes que hay en la
pared, encima de su ‘plancha‘. El baño, privado, es blanco e higiénico, y se
confundiría con el de un hotel si no fuera por la presencia de grandes canecas
repletas de agua fría que hacen las veces de nevera para guardar comida. Pero
todo lo demás: las toallas, el papel higiénico, los desodorantes y las cremas
de afeitar crean una atmósfera de baño de clase media acomodada. Como ningún
otro de los 4.500 presidiarios de La Modelo, Fercho Cristancho concentra todas
sus energías y los pocos recursos que tiene a la mano para mantener un entorno
higiénico y para reflejar una imagen impoluta. Inmediatamente después de fumar
saca del bolsillo un pequeño estuche de plástico que le provee laminitas de
Listerine para refrescar el aliento.
La obstinación por el aseo es, seguramente, una faceta de su
personalidad. Pero también es una estrategia para aliviar las horribles
energías del centro penitenciario:
—Trato de mantener la vida de afuera para no sentir la cárcel
—dice.
Cristancho llegó a La Modelo el 4 de abril del 2007. Lo
allanaron una fría mañana en su apartamento de Ciudad Salitre, en el occidente
de Bogotá, y se lo llevaron a un calabozo del DAS donde pasó una semana de la
cual no quiere acordarse. De allí pasó al búnker de la Fiscalía, donde pasó
otros quince días de pesadilla. En total, tres semanas que acabaron con su vida
de contador público y matrimonio feliz de quince años. En su trabajo, calculando
la plata de otros, reflejó movimientos de capitales que las autoridades
consideraron sospechosos. Cayó, junto con un grupo de ejecutivos de la empresa
para la que trabajaba, sindicado del delito de lavado de dinero.
Se declaró culpable, pero se considera inocente. Con cabeza
fría, ya en La Modelo, conoció la experiencia del compañero de la celda número
63: un preso paciente que lleva tres años tratando, sin éxito, de demostrar su
inocencia. Así que aceptó la fórmula de buscar una "sentencia anticipada",
sugerida por su abogado, que le permite —a cambio de confesar su delito—
definir más pronto su situación ante la justicia y pedir una rebaja de casi la
mitad de la pena. Lo pensó bien: ¿dar una pelea para limpiar su hoja de vida?
Pero se fue por lo práctico: la inocencia uno la lleva en el corazón y no
depende de un juez, pensó, y así les dijo a sus familiares para justificar su
decisión. Actualmente espera la decisión de la justicia sobre los años que
tendrá que pagar. Calcula que serán ocho, que con rebajas y buenas conductas
intentará reducir a dos. Los pasará en alguna penitenciaría diferente a La
Modelo, pues esta es solo un lugar de paso para quienes están sindicados y
esperan las decisiones finales de los jueces.
El diálogo con Cristancho es fluido. El hombre es acelerado y se
mueve mucho. No se siente cómodo en el mismo sitio durante mucho tiempo. Fuma.
Me lo imagino en su vida anterior como uno de esos tipos que hablan duro e
imponen sus planes. No parece conflictivo ni mucho menos camorrista, y hay algo
en sus actitudes que refleja rasgos del estereotipo que les achacan a las
personas nacidas bajo el signo Leo: impositivo, orgulloso, creído, líder.
Tiene una sorprendente rapidez mental y una mirada a los ojos
que no sostiene por mucho tiempo pero que parece franca a pesar de que delata
una tristeza interior mayor a la que está dispuesto a reconocer. Tal vez porque
está empeñado en no dejarse derrotar por el encierro. A sus 39 años se
considera maduro, pero sabe que tendrá muchos años de vida después de la
cárcel. Se le nota la resolución de mantener la fortaleza para evitar un
derrumbe emocional que ponga en riesgo esa segunda vida que hoy ve lejana pero
alcanzable. O tal vez sabe que sus familiares leerán esta crónica y quiere
enviarles un mensaje optimista. ¿Se me muestra menos infeliz de lo que
realmente está?
Las condiciones materiales no lo hacen sufrir. La comida no es
mala porque las condiciones del Patio Tres le permiten alterar el régimen de la
cárcel. No come a las irregulares horas previstas: las 6:30 para el desayuno,
las 10:30 para el almuerzo y las 3:30 para la comida, sino modifica esos
horarios prematuros guardando los alimentos en imaginativos sistemas de
refrigeración y calentamiento que le permiten trasladar los tres golpes hacia
horas normales.
Tampoco come lo mismo que los demás. La dieta de los wimpy, como
se conocen las comidas que reparten en la cafetería a quienes hacen largas
filas de dos en dos para recibir en sus platos buenas porciones de carne, papa
y arroz, las reemplaza casi siempre con viandas que le traen sus familiares los
sábados —día de visitas de los hombres— y los domingos, cuando entran las
mujeres. Le dejan carne, cerdo y pasta, cuidadosamente empacados en bolsas
plásticas Ziplock que se pueden guardar en agua fría para conservarse varios
días. Los familiares de Fernando Cristancho ya saben que, más que llevarle lo
que más le gusta, él prefiere recibir productos que duran más sin podrirse: la
punta de anca, por ejemplo, aguanta hasta el jueves, aunque se reseca.
Los artesanales métodos de refrigeración son todo un misterio.
Están prohibidos, porque el gobierno de la cárcel considera que implican graves
riesgos. Si no funcionan, los reclusos se pueden envenenar al consumir
alimentos descompuestos. Cristancho lo sabe, pero también está seguro de que
hay cosas que se pueden almacenar por varios días y que los peligros valen la
pena porque cualquier cosa es mejor que el wimpy:
—Aprendí que lo que no era bueno afuera, aquí sí es. Antes
molestaba por una carne dura. Ahora me gusta todo —confiesa.
En las estanterías de su celda guarda una respetable despensa de
golosinas: galletas y chocolates entre los que sobresalen varias latas de leche
condensada La Lechera.
La alimentación no es el único lujo que le hace vivible el
carcelazo a Fercho Cristancho. Hace deporte: va al gimnasio, donde realiza
ejercicios con pesas, y juega fútbol en un campo grande que en el fondo tiene
edificios que le traen el recuerdo de su casa de antes, donde todavía vive Mary
Ruth, su esposa. A veces sale allí, con sus guayos, camisetas y pantalonetas
que le han traído para desempeñar su puesto de defensa que le ha gustado toda
la vida. También camina largas horas alrededor de un campo de microfútbol. La
combinación de altas dosis de deporte y la dieta forzada lo ha hecho bajar de
peso: llegó con 97 kilos, ahora la báscula marca 85, y la ropa le ha empezado a
quedar grande.
Tiene posibilidades de ver televisión. No en su celda, sino en
el corredor que une las puertas de los cuartos de sus compañeros de reclusión.
En cada extremo hay un aparato, uno encendido en el canal Caracol y otro en
RCN, y de vez en cuando ponen videos con películas. Sin embargo, Fernando no es
muy televidente. Evita ese plan, pues lo deprime porque lo conecta de inmediato
con el recuerdo de las horas de arrunche que pasaba con su esposa. La TV le
hace más difícil escaparse de la nostalgia.
La mayor satisfacción de Fernando Jaime Cristancho se la dan las
visitas. En los ocho meses que lleva recluido no ha habido un solo sábado o
domingo sin la presencia de casi todos sus seres queridos. El sábado llegan su
padre y sus tres hermanos (el mayor es sacerdote), y su suegro. El domingo
nunca faltan Mary Ruth, su esposa adorada, y sus cuñadas. No han ido sus
sobrinos, a quienes les han dicho que tío Fercho está de viaje haciendo un
trabajo, y ha echado de menos a un par de amigos del alma que no solo no han
aparecido, sino que, según le han dicho, se alejaron para siempre. Ambas
ausencias le duelen. La primera, la de los sobrinos, lo hace llorar con
facilidad. La otra le refuerza el compromiso por luchar cada día para evitar
que se cumpla el estereotipo aquel de que la cárcel convierte en hampón al que
entra.
Nadie le llega al alma, con su presencia los fines de semana y
con la ausencia de los otros días, como Mary Ruth. La ama. Le parte el alma
pensar que para verlo tiene que hacer cola afuera de la cárcel desde la
madrugada con un frío atroz mientras él aguarda en el calor de la cuidada celda
63. Y eso que a veces paga 20.000 pesos para comprar un lugar más adelante en
la fila y disminuir el tiempo helado de la espera. Cada quince días, según
arreglo que hizo con su compañero de cuarto, se puede quedar a solas y en
privado con ella. Ni las circunstancias ni el respeto que le tiene facilitan el
deseo sexual. No han hecho el amor desde que está detenido. Pero conversan,
comparten y almuerzan con tanta naturalidad que los domingos no parecen días de
prisión.
La dicha se acaba a las cuatro. A esa hora Mary Ruth se va. El
vacío es enorme. Es el instante en el que se da cuenta de que la prisión es
fría, triste y depresiva. Su semblante cambia cuando se abre para describir su
realidad:
—Así sea una cárcel de oro, estar preso es estar preso—, afirma
con resignación.
Fercho, amiguero en su vida anterior a la prisión, se ha vuelto
retraído. Lo más cercano a un amigo, en La Modelo, es su compañero de celda. No
han tenido problemas, se toleran y hasta comparten la obstinación por la
limpieza. Pero no hablan de sus pasados ni mucho menos de sus futuros. La buena
relación se basa en guardar límites y en no ir más allá para no molestarse
mutuamente. Afuera en el corredor, en el patio o en el wimpy, casi no habla con
nadie. Incluso se le dañó la amistad con un ex compañero de trabajo que cayó en
la misma redada que él y a quien envenenaron en su contra. Al fin y al cabo, la
ley del chisme es la que más se cumple detrás de las rejas.
En general, las relaciones interpersonales siempre son duras en
la prisión. Las órdenes se dan a gritos y a algunos reclusos muy bien escogidos
les pagan para que, mediante alaridos, hagan anuncios: hora de dormir, nombres
que deben presentarse, y el ‘conteo‘ que se hace dos veces al día, a las 6:30
a.m. y a las 4:00 p.m., para verificar que todos están completos. Nadie se ha fugado
ni perdido en estos meses que Fernando Cristancho ha pasado en esta cárcel, La
Modelo, habitada por hombres que esperan la decisión de algún juez sobre sus
conductas supuestamente delictivas.
La cárcel cambia a las personas. A Fercho lo ha vuelto silencioso,
reflexivo y espiritual. Tres adjetivos que nadie de su familia y ninguno de sus
amigos habría utilizado jamás para describirlo. Pero que ahora resumen la
transformación que le han causado a su carácter los pensamientos sobre su
conducta que lo llevó a la prisión y el silencio que ha adoptado como escudo
para defenderse de posibles conflictos con los compañeros de desventura. No
tiene muchos libros, pero se la pasa pegado a la Biblia —que jamás había leído
antes— y disfruta las revistas —SoHo y Jet Set, son sus favoritas— que le
llevan los fines de semana. Son un refugio para las silenciosas noches que casi
todos sus compañeros prefieren pasar frente a la televisión.
Sin proponérselo, las abundantes horas de cavilación se
convierten en una comparación permanente entre los recuerdos de antes de la
cárcel y las expectativas sobre lo que recuperará para el futuro. No añora nada
especial: ni los viajes, ni los lujos que de vez en cuando podía darse, ni las
parrandas. Cuando salga de la cárcel tratará de volver a ser un tipo común y
corriente y con mucho tiempo para Mary Ruth. En estas evocaciones hay algo de
ansiedad, porque aunque no pediría grandes cosas, la libertad aún está lejana.
Pero en Dios y en su Biblia ha encontrado una fuente de paciencia, pues se
convenció de que lo más importante de la vida no tiene que ver con el dinero ni
con costumbres estridentes ni exóticas.
A veces se pregunta a dónde lo llevarán sus propios pensamientos
y sus propósitos de enmienda. ¿Será otro hombre el día que vuelva a ver la
calle? ¿Menos soberbio y más amoroso con Mary Ruth? Se contesta así mismo en
forma afirmativa, tal vez como un recurso para superar la soledad y la culpa, y
para echar mano de algún optimismo que le alivie la desesperanza. La idea de
cambiar, más que una intención, es un ardid para proyectarse al futuro de
libertad.
Y eso: cavilar sobre un porvenir en el que puede ser posible
encontrar la felicidad en las cosas más simples es un privilegio. Fercho
Cristancho no ha perdido la ilusión, a diferencia de la mayoría de sus
compañeros de prisión —defraudados, incrédulos, invisibles— que están en otros
patios donde no es posible poner en marcha su estrategia de mantener la vida de
afuera para no sentirse la cárcel.
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